Calor en la Sombra

“Calor en la sombra” no sólo es un álbum de la banda estadounidense de hard rock KISS, lanzado en 1989, y en donde se incluyen éxitos como “Forever”, “Cadillac Dreams” y “Hide Your Heart” (Esconde tu corazón), y en cuya portada Hot in the Shade (Calor en la Sombra) aparece una pirámide egipcia, que alegre se protege del ardiente sol con lentes negros.

“Calor en la Sombra” es el espacio de periodismo y difusión que ustedes estaban esperando, en el que aparecerán textos principalmente de mi autoría y a veces de amigos invitadoscomo artículos de análisis, frescos ensayos, crónicas, reseñas de libros, notas periodísticas, así como entrevistas, semblanzas o retratos de personajes del arte, la cultura, y por qué no, hasta de la política, entre otros temas de interés.

Así como algunos personajes pintorescos de dominio público y otros de la calle, que deambulan bajo la sombra del anonimato, y que en muchas ocasiones han aportado algo al mundo; aunque el mundo se haya olvidado de ellos.

Será también un espacio de difusión de otros blogs afines de periodistas y escritores amigos, plumas finas y lentes tenaces como el cronista Kristian Antonio Cerino, el periodista Víctor Ulín y el reportero gráfico Jaime Avalos, por mencionar algunos, relacionados a la causa, que viven y trabajan y respiran bajo la lluvia de fuego de Tabasco “Capital mundial del calor y los mosquitos”, donde la temperatura se dispara por encima de los 45 grados, y alcanza a la sombra, los 40. Tierra donde El sol se saca del bolsillo el día.

Ya sea en tu computadora, en tu BlackBerry o en un periódico que los publique, estos textos son ideales para disfrutar en la oficina, en el sofá de tu casa o en una hamaca… Siempre bajo el Calor que nos brinda la Sombra.

Sean ustedes bienvenidos, esta es su casa, pueden entrar en ella cuando ustedes gusten, o como dijera la canción de Eagles, Hotel California: “Puedes visitarlo cada vez que quieras, pero nunca lo podrás dejar…”

Atentamente:

Jaime Ruiz Ortiz

Fotografía de portada: Ricardo Cámara

Diseño de portada: Armando Gómez Romero

miércoles, 27 de mayo de 2015

José Carlos Becerra para estudiantes


José Carlos Becerra

para estudiantes


Dedicado a mis amigos de la carrera de Comunicación en la UJAT

Generación 1997-2002

 


 

Por Jaime Ruíz Ortíz

 


Yo conocí al poeta tabasqueño José Carlos Becerra por un veracruzano; por el psicólogo y casi desconocido poeta Roberto Velásquez Pacheco. Llegábamos en ese entonces al taller de poesía que Pacheco impartía en el velódromo de Ciudad Deportiva, en 1996. Leíamos alegres a Huidobro, a Neruda, a Efraín Huerta y a Ricardo Castillo; a algunos tabasqueños como: Ciprián Cabrera Jasso y Francisco Magaña, así como a José Gorostiza, el autor de Muerte sin fin; pero por alguna razón nunca a Pellicer. Esa fue la primera vez que oí hablar del autor de El otoño recorre las islas, de Becerra.
 

Me sorprendieron su fuerza. Su tono oscuro. Su seguridad. Su manera de tomar a la cuidad por la cintura o por el sueño; sus versos largos y cortantes como cuchillos que perforan la realidad. Su joven descaro para hablarle de frente a la muerte; cara a cara a la soledad y a los espejos.
 

Sus poemas no se gastan. De generación en generación el poeta José Carlos se redescubre. Cada lectura es distinta. Lejos de erosionarse en la multitud que cobra cada vez más adeptos, Becerra se celebra, se corona, sale victorioso sobre la superficie de la muerte, y se une a la eternidad como “aquel hombre se unía a la soledad del mar”.
 

Más cosas de las que nos imaginamos son las que nos atan a Becerra. No sólo por la institución en donde estudiamos, ni el lugar donde vivimos y la edad que tenemos.

 
En mi caso y en el caso de otros estudiantes de la Licenciatura en Comunicación, en la DAEA de la UJAT, en las tardes, cuando la maestra Fabila o el maestro Hugo o la maestra Flor, o la maestra Crystiam no habían llegado aún, un grupo de compañeros y yo, tomábamos el único, viejo y deshojado libro que teníamos de El otoño recorre las islas, y nos íbamos a veces al embarcadero o tras la cafetería, allá donde el olor caliente a carnes asadas y a muchachas frescas hacían sonreír nuestros sentidos.
 

La idea era relacionar aquellas imágenes con nuestras vidas y con lo que nos sucedía a cada quien. Entre zanates y martines pescadores que “se suicidaban” por un bocado, y entre lagartos que esperaban la caída al agua de las muchachas que se besaban frente a la laguna con el novio en turno, a la hora en que el sol, siempre sentado en el horizonte, se quitaba las zapatillas, se quitaba el sol, leíamos a Becerra.



José Carlos Becerra, Carlos Monsiváis, Emmanuel Carballo

Discutíamos entonces ―Kristian Antonio Cerino, Andrés Torres Morales, Erik García Madrazo y a veces Adán Arturo Isidro Torres, Julio César Alcántara Castilla y Roger Humberto Sánchez, entre otros― y leíamos en voz alta, y tratábamos de descifrar aquellos versos, aquellas imágenes
 
Por ejemplo: ¿qué significaba para nosotros cuando Becerra decía? “Tus cabellos de día de lluvia”, o “Dices que te vas, mientras comienzas a moverte como una barca atada a la orilla”.


Sin duda alguna había un hechizo extraño que nos unía en torno a ese montón de versos, en torno a esa caja de sorpresas donde extraíamos imágenes y sombras que alumbraban nuestros pasos: Avisos, predicciones, espejos donde veíamos nuestras vidas reflejar; tesoros de las islas perdidas que el otoño recorre, con toses de enfermo.


Por eso, cuando estábamos alegres o cuando estábamos tristes, leíamos a Becerra; cuando estábamos nostálgicos o solíamos pensar en un mejor mañana, leíamos a Becerra. En los poemas de José Carlos hay erotismo, hay “muslos separados con terminaciones de anochecer”; hay “nalgas donde la redondez del mundo cobra sentido”; “donde los marineros en tierra señalan al mar”.


Por eso, cuando nos gustaba el caminar de una chica o nos rebotaba alguna otra en la cabeza o en el pecho, no sólo leíamos ―como los demás― a Sabines o a Neruda: Nosotros leíamos a Becerra.


José Carlos siempre tenía algo para la ocasión. De aventuras amorosas y romances fugaces no está exenta la obra del joven poeta tabasqueño.


En el poema “El tema de la zorra”, Becerra escribe:
 

y ya dentro del coche lo de siempre, apretarte los senos,

   [morderme tú la mejilla, gemir, meterte yo la mano entre los mus-

   [los que poco a poco abres diciéndome no por favor, diciéndome por favor es que no puedo volver tan tarde.

 

En las fiestas de la escuela los viernes por la noche, en casa de algún cuate, lo mismo que el alcohol y las chicas, aquel libro de Becerra no podía faltar.


Al calor de la noche y a la luz de los cigarros que iluminaban los triángulos oscuros de las faldas de las chamacas, más de uno repetía incansable los versos de Becerra, para acortar distancias:
 
Cada palabra es un sitio para mirarte,

cada palabra es una boca para acercarme a ti,

el otro modo de tomarte por la cintura o por el mundo

cuando tu mirada y el atardecer son la misma persona.

 
Cada palabra es una lámpara encendida

para verte cuando tú no estás.

 
Cuando la mamá de Andrés Torres ―un compañero de salón―, murió en septiembre de 1999, el mismo mes en que murió la mamá de Becerra, entonces volvíamos al Otoño recorre las islas: “Y uno no quiere que el viento entre a la casa como si se tratara de un animal desconocido”.
 
 

José Carlos Becerra pertenece a esa estirpe de artistas que murieron jóvenes a causa de accidentes relacionados con el motor, como los personajes legendarios: Hay que morir joven, y ser un cadáver hermoso, sostuvo James Dean. De la misma manera en que la muerte nos arrebata de los placeres de la carne, también nos otorga la oportunidad de renacer; la de José Carlos Becerra no asigna un final, sino todo lo contrario: una resurrección. Una resurrección que apenas comienza.

Aquí está la obra de este estupendo poeta, puede enrolarse en ella quien así lo desee. Están invitados.

 


sábado, 21 de junio de 2014

Mario Ramón Pérez Lanestosa

‘Yo no sabía qué era SAPAET’

DE LA SERIE: PIONEROS DEL AGUA POTABLE


En plena época del esplendor tabasqueño, Mario Ramón Pérez Lanestosa fue el segundo hombre que estuvo al mando del primer organismo operador del agua potable en México.



Enrique González Pedrero, Lanestosa y Humberto Mayans Canabal,
en las épocas de gloria de Tabasco.


 Si he perforado pozos petroleros
de hasta siete mil metros de profundidad,
cómo madres no voy a poder con esto.


Por Jaime Ruíz Ortiz

El segundo día del mes de enero de 1983, Mario Ramón Pérez Lanestosa (Jalapa, Tabasco, 1940) estaba trabajando en los pozos petroleros de Reforma, cuando el Lic. Eduardo Beltrán le habló ese domingo y le dijo a quemarropa: “Te vas a hacer cargo de Sapaet”.

El Ingeniero Petrolero por la UJAT, con 18 años trabajando hasta ese entonces en perforación, que tenía a su cargo a unas dos mil personas y cien equipos de perforación, reconoce que había escuchado hablar del organismo operador, pero “no sabía qué era Sapaet”.

¿Y por qué yo? reviró sorprendido el nuevo funcionario ¿quién me puso ahí?
El gobernador del estado se fijó en ti Respondió Beltrán.
¿Y por qué en mí… si él ni me conoce?

Al día siguiente, en las oficinas de SCAOP, a cargo en ese entonces de Humberto Mayans Canabal, le entregan un clip de mariposa con tres llaves, y ahí externa su segunda y la que tal vez fue su última duda en los seis años que estuvo a cargo del organismo operador: “Ahora sólo díganme ¿en dónde queda Sapaet?”

En aquellos tiempos, Tabasco se encontraba entre el lugar 25 y 28 en cuanto a agua potable y alcantarillado, y precisamente una de las prioridades del gobernador entrante era el agua potable y el alcantarillado.

A su ingreso en el organismo operador, conoció a los ingenieros Irineo y a Vera; a Salinas, a Polo y a Morales, quienes lo apoyaron y le aportaron muchas ideas.

Lanestosa tomó el reto con seriedad: “Si he perforado pozos petroleros de cuatro, cinco y hasta siete mil metros de profundidad, cómo madres no voy a poder con esto”.

De 1983 a 1989, tiempo que Lanestosa estuvo a cargo de SAPAET, se hicieron los cárcamos Tamulté, La Pólvora, El Negro y el de Méndez, “obras monumentales que hasta palmeras les pusimos”.

A través del Programa de Acción Concertada para el Desarrollo Urbano (PACDU), se ampliaron las redes de agua potable en los municipios de Comalcalco, Cárdenas, Cunduacán, Macuspana y Paraíso, y se construyeron líneas de Conducción, redes de distribución, tomas domiciliarias de los sistemas de agua potable, así como cisternas de rebombeo, tanques metálicos elevados y pozos profundos.

En estos municipios se construyeron colectores, emisores, atarjeas y descargas domiciliarias de los sistemas de alcantarillado, así como los PTAR.

En Centro, se realizó la nueva Planta Potabilizadora Villahermosa, con más capacidad, en Paseo de la Sierra, que sustituyó al pequeño y viejo sistema que había antes ahí, misma que fue inaugurada por el presidente de la República Miguel de la Madrid. Se erigieron los tanques elevados, entre muchas obras más.

Se construyeron lagunas de oxidación en Comalcalco, Cárdenas, Cunduacán y Macuspana. En Paraíso se hizo una Planta de tratamiento de aguas negras con tecnología moderna y un filtro-rociador; otra planta anaerobias en Cárdenas. Y construyó el sistema Benito Juárez, en Macuspana.

“Si ya aguantaron treinta años,
porqué no van aguantar
tres meses más”.

Enrique González Pedrero
Gobernador de Tabasco (1983–1987)

 Mario Lanestosa es un álbum de anécdotas. Cuenta que una vez viniendo de Cárdenas, junto al igeniero Felipe Irineo, Señor, Clave-veinte Clave-veinte, le dijo por radio don Atilano, el operador, el gobernador lo necesita con urgencia en el Palacio de Gobierno, por un asunto de Benito Juárez.


Ese proyecto ya lo tenemos pero es carísimo advirtió Irineo. Y nunca han autorizado el dinero porque todavía no hay nada; hay que hacerlo todo.


Se trataba de un gran proyecto concebido desde el tiempo de Carlos Alberto Madrazo Becerra, mismo que no se había llevado a cabo. Tenían que ampliarlo, corregirlo, perfeccionarlo y, más difícil aún: construirlo. Era una obra monumental.


Por lo que al Palacio de Gobierno arribaron provenientes de San Carlos (Macuspana), un grupo de mujeres “enardecidas”, “de armas tomar”, acompañadas de sus maridos y de un delegado municipal que era una fiera, a exigirle al gobernador una pronta solución.


¿Y cuál era el problema? Los habitantes de San Carlos clamaban por el servicio de agua potable desde hacía tres décadas.


Al llegar el ingeniero Lanestosa a la sede del ejecutivo estatal, con el proyecto imaginado en la cabeza, con los datos que le dio Irineo; el gobernador del estado Enrique González Pedrero manifestó frente aquella multitud enardecida: “Aquí ya llegó el director de Sapaet… aquí les va a decir a ustedes cuándo vamos a tomar un vaso de agua potable a San Carlos… A ver ingeniero, ¿cuándo?”


En tres meses Señor le dije.

González Pedrero cuyo lema de campaña había sido Hablarán los hechos―, les dijo una frase que los tranquilizó: “Si ya aguantaron treinta años, porqué no van aguantar tres meses más”.

Lo querían hasta besar recuerda Lanestosa sonriendo.

Al darse vuelta la multitud rumbo a San Carlos, alegres. Mario Lanestosa estaba retirándose del lugar, cuando “¡Hey!” lo llamó el gobernador “Ven para acá”. Lo sienta enfrente y le pregunta en corto:

Dígame la verdad ingeniero. ¿Se hace la planta en tres meses?
No Señor contestó. La obra es de año y medio, mínimo. Pero si yo decía que en año y medio estaría lista, usted no se quita esta gente de aquí… y le queman el Palacio.

A partir del día siguiente arrancaron los trabajos con una inversión inicial de 100 millones de pesos, y después vinieron más recursos. Avanzaron rápido. “Ustedes mismos van a ser los supervisores de la obra, y si algo está mal hecho, me dicen y yo hago que se rompa y se haga de nuevo”, repetía Lanestosa. La gente estuvo pendiente. Muchos tubos, albañiles, material de primera, con tanque elevado y todo, subestación eléctrica y planta potabilizadora.


Aunque tardamos año y medio, todo quedó perfecto; nadie se quejó de nada. Ellos estaban felices porque veían que estábamos trabajando.



En un recurrido en el municipio de Centla.

Durante la gestión de Lanestosa en SAPAET, el cambio fue significativo en cuanto al agua potable y alcantarillado se refiere. De acuerdo a los “Informes de gobierno” de Enrique González Pedrero, publicado en Tabasco a través de sus gobernantes (1983-1987); en 1982 la cobertura del agua potable era del 39% y de alcantarillado el 25%. Para 1987 incrementó, ya que el 54.1% de los hogares disponían de agua potable, y el 33% del servicio de alcantarillado.

Mario Ramón Pérez, El Gato Lanestosa como le dicen sus amigos, es una especie de sargento. En los seis años que estuvo al mando de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado del Estado de Tabasco, SAPAET, explica que nunca tuvo ninguna problemática, porque “estoy acostumbrado a mandar: Nunca me anduve por las ramas”.

A sus setenta años de edad, visitado en su casa ubicada en la calle Secretaría de Economía de la colonia López Mateos, en Villahermosa; solo, delicado de salud pero con mucha fuerza, entre cajas de pastillas y recetas médicas, entre libros que ahora lee en sus ratos libres, dice que en Pemex nunca tuvo ninguna falta ni un retardo. Tampoco en Sapaet: “Cuándo diantres voy a tener una falta en Sapaet, si ahí dormía yo”.


Esta entrevista forma parte del libro “El Agua tiene Memoria” (La historia del manejo del agua potable en Tabasco), Gobierno del Estado de Tabasco, Comisión Estatal de Agua y Saneamiento, CEAS, 2012.


Pueden encontrarlo en la Librería Universitaria UJAT, ubicada en la avenida 27 de Febrero, en el Centro de la ciudad de Villahermosa.

viernes, 21 de marzo de 2014

Felipe Vera Camarillo: El hombre que enterró las primeras tuberías en el infierno verde

“El hombre que enterró las primeras tuberías en el infierno verde

Les comparto un fragmento de la entrevista que le hice a uno de los pioneros del agua potable en México, el hombre que enterró las primeras tuberías en Villahermosa: “los planos los tengo en mi cabeza, en mi memoria que se olvida a veces de algunas cosas, menos de eso”.

Por Jaime Ruíz Ortiz

Felipe Vera Camarillo nace en el estado de Guanajuato, el 4 de marzo de 1926. La primera vez que escuché la palabra ingeniero estaba yo chamaco —relata emocionado—. Hubo una temporada que llovió mucho y con esto se abrió un boquete en la azotea de la casa, y en eso concurre todo el barrio a averiguar qué es lo que había pasado; aquel suceso era la novedad.

Y alguien comenta acerca del techo: ‘Se va a caer’. Otra persona pregunta: ‘¿Pero cuánto tiempo tardará?’. Alguien más expone: ‘El único que podría decidirlo es un ingeniero’. Y yo me pregunté: ‘¿Y ese señor cómo le hará?’ Quería saber cómo ese hombre podía decidir si la casa se iba a caer o no. Ahí yo supe mi verdadera vocación: que iba a ser ingeniero.

Pertenezco a una familia de gente de trabajo. Y ya estando chamaco los papás lo encaminan a uno a que aprenda un oficio para ver en qué da uno resultados… Total, que en ningún oficio di resultados.

Intenté aprender a ser tornero, mecánico, y en varios oficios le busqué. Intenté de todo pero la pendejié. Hasta que llegó mi papá y dijo: ‘Tú no sirves pa’ nada, mejor ponte a estudiar’.

Gracias a esa situación de que ‘no servía yo para nada’, fue entonces que me metieron a estudiar la secundaria.

Aparece en las fotografías con sombrero campirano,
con sus manos dispuestas a la cintura,
con actitud victoriosa, de conocedor,
del que sabe que todo lo sabe.


Años después se tituló como ingeniero civil, siendo uno de los primeros ingenieros civiles que egresó de la Universidad de Guanajuato.

En Tabasco, junto con otros cuarenta colegas, funda, a principios de 1968, la asociación civil constituida con el nombre de Colegio de Ingenieros Civiles de Tabasco, A.C., siéndole otorgado el permiso correspondiente el día 4 de abril de ese mismo año.

—He visto a la ciudad de Villahermosa varias veces inundada y, desde luego, participé en la solución de esos problemas —apunta Camarillo. Su voz profunda, cavernosa, parece surgida desde la oscuridad de un pozo profundo.

En mayo de 2005, la Asociación Nacional de Empresas de Agua y Saneamiento de México (ANEAS) le hace entrega de la Presea al Mérito, “por su relevante contribución al desarrollo del sector agua potable, alcantarillado y saneamiento de México”, siendo el primer tabasqueño que ha sido merecedor de este premio. “Me invitaron de repente —dice— a la ciudad de México, y fui a buscarlo [el premio].”

Actualmente trabaja como asesor en el Sistema de Agua y Saneamiento (SAS) perteneciente al municipio de Centro. “Nunca me ha gustado —aclara— que me muevan el tapete. Ahí en el SAS voy cuando quiero, llego a trabajar cada vez que quiero.”

Para algunos, Felipe Vera Camarillo es un atlas viviente, una memoria que contiene los mapas de los laberintos de tubos que hierven bajo la capital del infierno verde.

“cubriéndose los labios, como tratando de evitar
que otros escuchen la respuesta que sale
entre sus dientes levemente abiertos”
(En la foto Humberto Mayans y José Ramón Pérez Lanestosa,
consultándole alguna opinión)

A sus 86 años de edad, y más de ocho décadas después de aquella anécdota en la que encontró su verdadera vocación, Felipe Vera observa el techo de la sala de su casa —ubicada en la colonia López Mateos, en la ciudad de Villahermosa—, mismo que tiene una compostura que hace alusión a lo que, un día, en su lejano Guanajuato, lo inspiró a estudiar ingeniería.

― ¿No cree que el problema que tiene su techo es muy parecido a lo que usted vio de niño y lo inspiró a ser ingeniero? —le pregunto frente a aquella reparación.

Sorprendido, contesta, rascando su lisa cabeza.

― ¡Ay caray! No me había fijado… Pero tienes mucha razón.

¿CÓMO ES LA COSA? El día de hoy que estaba subiendo a mi blog este texto, llegó a la oficina, Felipe Vera Gaxiola, hijo de dob Felipe Vera Camarillo, y platicamos un rato de él y nos tomamos esta foto.


Este texto es parte de la entrevista titulada “Yo era quien tomaba las decisiones”, publicada en el libro “El Agua tiene Memoria” (La historia del manejo del agua potable en Tabasco), Gobierno del Estado de Tabasco, Comisión Estatal de Agua y Saneamiento (CEAS, 2012). Es también un humilde homenaje a uno de los pioneros del agua potable en Tabasco y en México, Felipe Vera Camarillo, quien falleció el 21 de septiembre de 2013.




domingo, 19 de mayo de 2013

NOSTALGIA DE UN GARCÍA POETA LLAMADO TEODOSIO


NOSTALGIA DE UN GARCÍA POETA LLAMADO TEODOSIO
 Fotografías de Alejandro Breck
Por Samuel Pérez García

Escribir poesía no es una tarea sencilla, implica abrir ventanas del alma para que otros miren e interpreten lo que tímida o clara puede asomarse. Por eso los poetas son catalogados seres que muestran su pena al mundo, y al hacerlo, se vuelven aptos para ser receptores de caudales de lástima que su poesía provoca.

No a todos les toca esa cualidad, porque tampoco es la única manera de labrar la palabra poética. Muchas veces, los poetas, en su intento de ser distinto, experimentan con la palabra diversos modos de expresar eso que les pudre el alma. Unos escriben sonetos a la mujer amada, otros satirizan la situación social rimando los versos como ese famoso poema de Quevedo: Érase un hombre a una nariz pegado / Érase una nariz superlativa / Érase una alquitara medio viva / Érase un peje espada mal barbado / o las Redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz sobre la mujer: hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis: si con ansia sin igual / solicitáis su desdén / ¿Por qué queréis que obren bien / si la incitáis al mal /.

Por eso, tal vez, Teodosio García Ruiz, un poeta tabasqueño que comenzó su obra literaria y poética en la década de los ochenta, expresamente en 1985 cuando publica Sin lugar a dudas, escribe Nostalgia de Sotavento (2003), en un intento de salir del esquema que todos los poetas siguen: escribir con la parsimonia que exige la norma de la poesía que se aprende en los recintos universitarios, y nos ofrece una obra donde no encontramos la formalidad del pensamiento y de la emoción refinada, sino, acaso, la irreverencia contra el estatus social, la mirada crítica a la economía de la gente, el desparpajo para increpar al que lo oiga, sea culpable o no, de la transformación que convirtió a la selva tropical tabasqueña en un páramo de aceite y fierros oxidados, pozos incendiados, muertes violentas por las explosiones imprevistas de los gasoductos, y a la par, lo que lo hace distinto de una crónica periodística: el encuentro de Teodosio con aquellos años de su infancia, cuando los únicos regalos que recibía de su padre eran los regaños y los cocotazos.

No es esta una obra donde nos solacemos con la nostalgia a secas. Es un pretexto para entreverar que más allá de la modernidad que trajo el boom petrolero en el trópico tabasqueño, existe otra manera de resaltar el sentimiento que pervive en las masas de cascos y tornillos, grasas y franelas sucias, que cobran vida a través del quehacer poético que Teodosio consigue con este libro.

Dice en uno de los poemas: 
Somos la avanzada, selva adentro, de una civilización a construir con maderos, cochinita pibil, barbacoa de Orizaba, pozole jalisciense, regionales estampas de una identidad escaldada en botanas y cervezas preñadas en cada campamento de exploración/

Quien no sepa de poesía y de sus formas, dirá que es una crónica periodística y no poética, pero el poeta trampea con esto, porque al final, cierra la idea que le cercena el sentimiento, al escribir en ese mismo texto:

Dejamos solamente la infancia allá, porque en estos rumbos la vida comienza y nos crea nuevamente.

Es esto lo que hace poético al texto y lo separa de la crónica a secas, periodística.

En esa nostalgia sotaventina, la mujer no falta. Ella es vista como tierna, dócil y brava o simplemente como aquella que se cargará de hijos de algún petrolero desconocido, que producto de lo que la paga deja, van buscando en las mujeres lo que vive entre las piernas y les da aliento para laborar embarrados de grasa y oliendo el óxido de los fierros hasta que llega la catorcena y seguir “siendo obreros para construir el futuro”.

Tal no ha sido fácil, porque en la memoria de Teodosio quedaron las corretizas de las explosiones imprevistas, y de esas andanzas cuando andaba metido en los talleres para ganarse un lugar en ese futuro negro que se creía del petróleo, y lo hace rememorando la diabetes que se le enconchó en el último rincón de su alma, y que de paso, lo dejó ciego.

Nada escapa a la mirada de obrero y poeta. Teodosio García, igual que Neruda hizo con las uvas y las cebollas poemas que el hombre común no podía imaginar, el tabasqueño lo consigue con el trapo sucio y la franela que usan los obreros para limpiar las máquinas. Por la importancia que tiene el texto dentro de la obra, transcribo completo:

Una vez dije: / Labor de dios / Es labor de trapo /. Franela indigna / Ensangrentada, / Grana, / Floreciente, flagelo / Del herrumbe /.
………

Cuando acabas blancuzca / De tu hábito / Vuelves a lavar/ -infiel algodón rojizo- / El rostro de dios / Si es posible. /


Y así va el poeta pasando lista de presente a la jerga y su envidia, a la caja de herramientas, a los baños del taller, a los bomberos, al chango Mortimer Nolasco, pitcher en el beisbol, quien perdió un brazo entre las cuerdas aceradas del malacate, accidente que lo inutilizó para nunca volver a lanzar sin hit ni carrera. Ese fue la única queja del Chango Mortimer.

Pero insisto, la poesía de Teodosio no es una simple crónica sin más; ésta es el pretexto para meter la nostalgia con toda la fuerza necesaria. He aquí otro ejemplo tomado del poema de Los bomberos de rojo como que bailan:

Después de describir la tarea de los apagafuegos dice en la última estrofa:

Deben ir en helicópteros: saben / Que a veces la unidad les falla, / Pero el miedo no, / Ese está escondido / Adentro del uniforme.

Pero el poeta que no configura en los versos su pasado, que no subjetiviza sus emociones y la enciende para que otros la miren, no es poeta. Por eso Teodosio no podía olvidar la recomendación de Allan Poe sobre la construcción de los poemas: el centro de todo es la nostalgia- dice el escritor. Así, el poeta de Cunduacán escribe:

Cerca de los candeleros, donde el humo de los gases asciende caracoleando, un pedazo de infancia se revela, yace con los ojos abiertos, como viento entre los aguaceros la aparición de unos fantasmas nacidos de los relatos de los jóvenes mayores, de las desdentadas voces de los abuelos, de los dientes que se fueron cayendo en cada grado escolar hasta que apareció la muela del juicio.

Por ahí la infancia, canciones de cuna que todavía se escuchan en las rocolas viejas. p.47

Y tampoco es poeta quien no plasme en sus versos emociones encontradas. Dice en otro texto:

Odio a mis padres / Sus inútiles consejos de cuidar el mundo / De no andarse por las ramas cuando suceda el fenómeno / Cuando la lluvia no sea más lluvia /
Que mis brazos caídos

…….

Odio a mis padres /….Porque yo elegí el camino que no vieron / Y ahora me arrepiento de no ser como ellos.

Asimismo, no hay poesía si a la mujer no se le nombra. De ellas Teodosio da su versión: Las mujeres tienen ojos de misterio, procesiones amplísimas de alaridos irreconocibles; son tiernas dóciles y bravas.

Sonroja la piel una de ellas, un tatuaje nuestro de herrerías medievales y desnudas odaliscas. Y nos aman

Abunda en otra parte:

Alguna mujer tuvo para mí su tersa piel, su pierna tibia, sus pechos ardientes. Imagino sus herramientas de piel dispuestas para mí. Sus oraciones y abluciones matutinas mientras canta una canción de moda. p. 92

Pero no se queda así. El poeta también es irreverente con ellas cuando escribe:

Tu sexo no es como dicen los poetas
un molusco atroz
un peludo beso
la hendidura salvaje de la vida
Es el culito más rico que he probado
Y quiero más.


Sin embargo, el centro de todo el poemario no me parece que sea la transformación de la selva en páramo petrolero. Ese es el gancho para que el poeta deje correr el río de la emoción que lo agita.

Su centro es la nostalgia por la infancia que ya no tiene regreso. De esa infancia escribe recordando un cumpleaños:

/mis regalos ha sido putizas/ cocotazos/ dulces palmadas al hombro/ y lava el coche azul/ échale agua al parabrisas/ p.112

Pero también lo mira ese pasado desde el coraje o la sonrisa burlona cuando nos cuenta que las chamacas con tal mejorar la raza se dejaban preñar por un petrolero, cuyo nombres eran raros y oscuros como el propio pasado que el guarda del otro Antonio García, “el ojo de gato”, que Teodosio refiere como un forjador de historias y de anónimas borracheras que están grabadas en “la piedra de aceite, en las madrizas a sus hijos, en las fidelidades de los sábados para beber cerveza con el compadre “pata de loro”, con “bigote blanco”, con “el ronco” del taller de hojalatería. p.96

Más allá de esto, el poeta se mofa de ese mundo de oropel que el petróleo dejó. De cómo sobrevivir en ese mundo que el auge petrolero construyó. Para eso hay que ser amigo de la Quina, de Barragán Camacho o de Carlos Romero (dijéramos hoy). Ser petrolero para no estudiar, ser de planta para heredar el trabajo a los que siguen de la generación familiar, que para el poeta es como tener agarrado a dios de un huevo, eso es ser petrolero para vivir bien en el futuro. Aunque él ahora esté ciego y recuerde ese pasado que lo lleva de vez en cuando a lagrimear, pues reconoce igual que lo pozos petroleros, que ya está viejo y dolido del vientre, con las costillas rotas aunque feliz. Que su corazón es fuerte como la piedra que envejece los caminos de tantos mirarlos.

Esta es la Nostalgia de Sotavento de Teodosio García Ruiz que, a veces con parsimonia, otras irreverentes, pero siempre abriéndose al sentido crítico que su experiencia le da, ofreció en esta obra su palabra poética que aparentando ser una crónica contiene oro de poesía.

Es este libro otro modo de labrar la poesía tabasqueña, fuera del canon pelliceriano. Crónica como vía para que florezca la nostalgia, sentimiento central en todo buen poema. Si en el texto, así sea rimado y medido, la nostalgia no se asoma, no hay poesía. En Nostalgia de Sotavento no sucede eso. Es un libro que nos invita a leerlo para descubrir mediante la memoria de Teodosio, nuestra propia infancia determinada por el boom petrolero que a todos afectó y a pocos benefició.

Tarde supe que había muerto. Descanse en paz el poeta Teodosio.



TÍTULO ORIGINAL DEL TEXTO:
La nostalgia de Teodosio García
Por Samuel Pérez García  
Poeta, ensayista, cronista y luchador social, nacido en La Blanca, Oaxaca y radicado en Cosoleacaque, Antes del olvido y Un disparo a la memoria (Crónica), Bandera en el corazón (Poesía), El escándalo de la vida y Educación el vilo (Ensayo).
Veracruz, es autor de más de una veintena de libros, entre ellos:

Fotografías de Alejandro Breck
Fotógrafo, escritor, periodista y cineasta tabasqueño. Presentó el documental "Teo, el grande", en el marco del Festival Ceiba 2012, donde el mismo Teodiosio confiesa su deseo por morir, pero al mismo tiempo demuestra su sentido de humor.